martes, 23 de octubre de 2018

Vaho

La mujer oculta su rostro tras el vaho que se abraza al espejo sin reflejo. El pudor de un alma ruborizada, de cuerpo viciado y excesos perpetrados. El vapor espanta por segundos las miserias de una mujer entregada a los placeres de la carne y la vergüenza. Nunca se sintió tan cautiva como lo hace ahora, enfrentada al espejo que la tacha de descarada, que la acusa sin argumentos, que la juzga y la sentencia. Siempre creyó ser un espíritu libre. Ahora piensa que estaba equivocada, que la libertad aguarda tras el espejo empañado, donde el cuerpo, se hace pecado.



Pedro J. Martín                                 22/10/2018

domingo, 11 de junio de 2017

Perdido

Al mismo puerto donde arriban las palabras huérfanas de oídos que las escuchen
A la misma orilla donde asoma el último coletazo del fatigado oleaje
Al cementerio donde se deja morir el más viejo de los elefantes
Al apartado bosque donde juega entre el ramaje la escurridiza brisa
Es allí donde quiero llegar para quedarme por siempre
Donde las voces no puedan encontrarme
Donde las miradas no lleguen a alcanzarme
Donde el nombre caiga desterrado y sepultado bajo la pesada losa del olvido
Allí acudiré sin más compañía que la del acallado silencio y la terca soledad
Y no regresaré hasta que la muerte decida citarme para el último café, para esa última charla que te ofrece antes de la definitiva partida, para el último soplo de aliento que se hace intenso y definitivo
Y solamente, tal vez entonces, decida deshacer el camino andado



Pedro J. Martín                        11/06/2017

sábado, 18 de marzo de 2017


Vivir



Y si solo se trata de vivir por qué a veces cuesta tanto hacerlo.

Y si solo se trata de reír por qué hay instantes en los que los labios se muestran lacrados, incapaces de regalar una sonrisa a la vida que tanto añora ese simple gesto.

Y si solo se trata de respirar por qué hay momentos en los que nos asfixiamos, momentos en los que el aire se adentra en nuestro cuerpo con demasiada dificultad y termina por ahogarnos.

Y si solo se trata de dejarse llevar, de sentir, de exprimir cada segundo de nuestra existencia como si fuese el último por qué a veces no lo hacemos, por qué le damos tantas vueltas a lo vivido, por qué no nos dejamos llevar cogidos de la mano en este baile que nos brinda la vida, por qué no limitarse a cerrar los ojos, a dejar la mente en blanco y a no pensar en nada,  a disfrutar simplemente del viaje.

Y si solo es cuestión de caminar hasta llegar al final del sendero por qué nos detenemos con cada paso, por qué echamos la vista atrás y repasamos el trecho recorrido, por qué no nos limitamos a seguir hacia adelante, mirando siempre al frente, sin importarnos las huellas que van quedando esparcidas por el polvo.

Y si solo se trata de VIVIR…qué hacemos que no vivimos.


Pedro J. Martín                    18/03/2017

domingo, 4 de diciembre de 2016


Tatuaje

Ríos de tinta esparcidos sobre la fatigada piel. Un sendero de bocetos tatuados que recuerda el camino recorrido. Inmortalizadas marcas de guerra adheridas al envoltorio que recubre los desgastados huesos del caminante. Es todo cuanto uno terminará llevándose a la tumba. Pasajes de una vida que va expirando y que quisieron perpetuarse en el tiempo e ignorar los gritos que le vociferaba el olvido. Y quién soy yo para desoír las plegarias que dictaba el recuerdo y que imploraban quedar adosadas por siempre al latido del desorientado corazón. La razón no ha sido más que el aullido desgarrador de un loco al que siempre se dio por ignorado. Y el alma…el alma terminará abandonando al cuerpo mientras que los pasajes que acontecieron ante los ojos seguirán acompañando mi travesía, más allá del último latido, más allá del último soplo de aliento, más allá del último parpadeo. Allí donde ya sólo queda la oscuridad que escolta al silencio eterno.

Pedro J. Martín                 4/12/2016

viernes, 4 de noviembre de 2016


La oscura mirada



Allí se encuentra ella, oculta tras el manto de mutismo que anega cada palmo de esta sombría estancia. Permanece inmóvil y callada. Sólo observa. Siento su ennegrecida mirada clavada sobre mi amedrentado cuerpo. Es consciente del miedo que lleva demasiado tiempo siendo dueño de mi organismo y disfruta con ello. Intento aguantarle la mirada, apartar el terror que fluye con total impunidad por mis atemorizadas venas, quiero hacerle frente porque considero que es una deuda que me debo a mí mismo. Sabía que este momento terminaría llegando, y a pesar de ello nunca encontré la fórmula adecuada con la que poder combatir a lo inevitable.

Por un instante llego incluso a percibir un brote de cierta belleza salpicada de amargura procedente de esos ojos tan oscuros como la noche más aciaga. Pero ese efecto sólo dura el tiempo que tarda mi atormentado raciocinio en recobrar la escasa cordura que aún se digna en acompañarme. No tiene prisa por acercarse hasta mí. Está acostumbrada a lidiar con moribundos como éste que divaga entre luces y sombras. La paciencia debe ser la mayor de sus virtudes.

No lo soporto más, me armo del escaso valor que permanece adherido a mi cuarteado pellejo y lanzo un bramido al aire que no es más que el resultado de la evidencia convertida en desesperación ¿¡Qué quieres de mí!? ¿¡Qué has venido a buscar!? Y tapo mis oídos con fuerza. No quiero oír unas respuestas que ya conozco de antemano y que me niego a aceptar. Ella calla. Sabe que sólo es cuestión de tiempo. No la esperaba tan pronto, pero ahí está, acechándome con su mirada oscura, aguardando mi llegada, pacientemente, sigilosa, misteriosa, y en cierto modo hasta bella. Oigo un susurro, un canto de sirena que me llama, una melodía embaucadora que me atrapa sin remedio. Quizás le haya resultado demasiado sencillo. No fui nunca adversario para ella. Bajé los brazos demasiado pronto. Me di por vencido y terminé sucumbiendo a sus encantos. De todos modos… sólo era cuestión de tiempo.

Pedro J. Martín                        4/11/2016     







                           


lunes, 26 de septiembre de 2016


El reloj de arena



La arena que se hace cautiva en el interior del reloj se desliza con lentitud por la estrechez de un cristal que se ve incapaz de retenerlo. Es el tiempo avanzando de un modo inflexible, cumpliendo un cometido que le fue otorgado hace ya demasiados años. El bien más preciado que fue entregado al ser humano para que hiciera buen uso de él. Un regalo que crea vida con la misma facilidad que la arrebata. El paso del tiempo se mide en cada una de las arrugas que adornan las manos del hombre que observa con resignación el avance imparable de tan temible juez. No existe en este mundo oro ni diamantes suficientes que puedan sobornarlo, no existe plegaria que detenga su caminar pausado pero seguro, no hay pacto posible que lo convenza y lo disuada de su cometido. Sólo queda resignarse, afrontar que es él quien maneja los hilos de nuestra existencia, que no somos más que marionetas que bailan al son que marca el segundero, simples títeres que fueron colocados sobre el escenario de una función con fecha de caducidad.
Es el mismo tiempo el que nos susurra al oído que no vivamos intentando combatir ni entender el significado de su existencia; que retengamos en algún rincón de nuestra memoria el mayor número posible de momentos placenteros vividos, que disfrutemos con cada fracción de segundo que nos es regalada, que amemos más y nos odiemos menos, que luchemos por aquellos sueños que merodean nuestra cabeza, que nos levantemos con rapidez del suelo cuando caigamos y que no desfallezcamos cuando las cosas no salgan como las planeamos. La arena del reloj no modificará su cometido y seguirá deslizándose por la estrechez del cristal como lleva haciéndolo desde siempre. Sólo nos queda aceptarlo, disfrutar de cada nuevo amanecer que se nos brinda y, una vez llegado el final de la función, recibir la bajada del telón con una sonrisa en el rostro, dejando bien claro que hemos disfrutado del trayecto…gritando al viento que hemos vivido.                          




 Pedro J. Martín                                 26/09/2016

               


viernes, 9 de septiembre de 2016


Bajo los cartones



La dignidad agazapada, aguardando tiempos mejores bajo unos cartones que no sólo se prestan a proteger al desamparado hombre del frío, y que sirven de coraza ante una sociedad que hace demasiado tiempo que lo apartó del camino, despreciando a la persona que un día le fue útil y que ahora no es más que una imagen molesta ante los ojos de todo aquél que pasa por su lado. Las lágrimas brotan cada noche bajo los cartones, humedeciendo un papel prensado que es testigo mudo de la decadencia de un ser humano que fue condenado sin un juez que dictara sentencia alguna. Los huesos se muestran cansados por tener que soportar una vida que se va prolongando demasiado en el tiempo. Los días se alargan lo indecible y las noches resultan solitarias, eternas y frías. Las manos se esconden bajo los guantes de lana, ocultando las marcas que va dejando la sufrida existencia de un hombre entregado a su suerte. La esperanza no es más que el rescoldo de una hoguera que va tocando a su fin, las cenizas que ya no calientan y que sólo esperan ser desalojadas del lugar donde hace poco existieron las brasas que sí protegían del frío. Pocos pensamientos cuerdos rondan ya la azotea de alguien que se limita a hablar consigo mismo. La soledad aborda al escaso razonamiento que aún resiste en pie y termina arrasando con toda reflexión sensata que ose plantarse frente a ella.

El hombre aprieta contra su pecho los cartones que lo cubren, los oprime con fuerza, como si con ello consiguiera evadirse de una existencia frágil que añora extinguirse cuanto antes, pero las voces de los que pasan por su lado perforan el cartón que hace de frágil coraza y las palabras terminan llegando hasta sus oídos…Un sonido resuena con fuerza en su cabeza, el murmullo de una palabra que hace demasiado daño, el rumor de una sociedad que renegó de él y lo abocó a un destierro para el que no estaba preparado. Y  entre los cartones y el hombre se deja oír el eco de una sola palabra que le recuerda a cada instante lo mísera que resulta su existencia…vagabundo…vagabundo.  

Pedro J. Martín                    09/09/2016